Fotografías:
- Izquierda: Luis Rivera Zúñiga y su esposa Enma Solórzano Murrieta, en 1993, en sus 50 años de matrimonio.
- Derecha superior: En 1959 en el Estadio Olímpico Atahualpa. constan: Jorge Álvarez, del departamento de contabilidad; Luis Rivera Zúñiga, gerente propietario de Emisora Central; Raúl Estés, comerciales; Augusto Rada Icaza, narrador deportivo; y Luis Baldeón, comentarista. En la parte de atrás el sonidista Pepe Borja Bedoya.
- Derecha inferior: Luis Rivera Zúñiga cuando laboraba en la embajada de los Estados Unidos, en Quito.
El ingeniero Luis Rivera Zúñiga fue uno de los pioneros de la radiodifusión ecuatoriana. Nació en Loja el 10 de septiembre de 1916 en un pequeño enclave en el Valle de Cuxibamaba, en la parroquia El Sagrario en el centro de la ciudad. Sus padres fueron: Hortensia Zúñiga Delgado y Eudoro Rivera Rosillo, quienes tuvieron 10 hijos: Lola, Elvira, Carmela, Eudoro, Carlos, Arturo, Lucho, Lalo, Lauro y Juan Enrique.
En la capital ecuatoriana se lo recuerda como el propietario de una de las estaciones más recordadas y queridas del país: Emisora Central, en los 1180 Kilociclos. La presentación de uno de los programas decía: «Ronda musical que la esquina se ha puesto a cantar».
Por sus estudios pasaron muchos referentes de la locución, periodistas, actores y directores de radioteatro: Fernando Fegan Pólit, Erika Von Lippke, Juan Felton Martínez, Alvaro San Félix, Agustín Guevara Morillo, Jorge Escobar, Gerardo Muñoz y Ron, Carlos Federico Benavídez, Jorge Suárez Ibarra, Germán Carvajal, Iván Granda Pinto, Eduardo Cevallos Velasquez, Eduardo Vásconez Viver, Jorge Paucar, Jorge “El Chino” Carrera, Eduardo Rodríguez Vivas, hermano del Requinto de Oro, Guillermo; Oswaldo Montenegro Tamayo, Raúl Zambrano, Josué Benavides. La asistente era Genoveva Armas. También estuvo en los inicios de la estación el director de radioteatro, Eduardo Granja Estrella, quien posteriormente, fue propietario de Radio Ecuatoriana.
A Luis Rivera Zúñiga siempre le gustó escuchar las noticias, en sus últimos años seguía los noticieros conducidos por Andrés Carrión en las radios Centro y Sonorama. Trabajó en el Banco La Previsora de propiedad de Víctor Emilio Estrada en Guayaquil, Ministerio de Obras Públicas, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Banco Nacional de Fomento, embajada de los Estados Unidos, en Quito. Además, creó transmisores y equipos para otras radios del Ecuador.
Su pasión siempre fue la parte técnica, uno de sus clientes fue el expresidente Carlos Julio Arosemena Monroy, a quien le compuso una radiola, ser propietario de uno de esos aparatos era un lujo en aquellos años. A este gran radiodifusor se lo considera el precursor de las grabaciones de los discos de vinilo de larga duración.
El acercamiento a la comunicación se dio cuando tenía cinco años, su papá viajó a Guayaquil y junto a Ismael Pérez Pazmiño, fundaron diario El Universo, cuyo lema decía: “Por el Ecuador libre, prospero, invisible y fuerte en la unión y el patriotismo de sus hijos”, era septiembre de 1921. Don Eudoro Rivera Rosillo llevó a toda la familia, pero a su esposa Hortensia le afectó el clima y ese mismo año regresaron a su ciudad. El viaje entre Guayaquil y Loja duraba cuatro días.
Cuando se jubiló decidió comprar una casa en el sector de Las Palmas, en Esmeraldas y luego adquirió la Hacienda Monterrey en esa misma provincia. Desde niño le gustó la agricultura, aseguraba que le hubiera gustado estudiar Agronomía. Primero se dedicó a la ganadería, luego a la producción de banano, pero como se propagó la sigatoka negra, empezó a cultivar la palma africana. En ese momento como necesitaban dinero vendieron la casa de Las Palmas e inició otra actividad que le apasionaba.
Luego de unos años, la salud de su esposa se complicó y se trasladaron a Quito, su hijo Lucho se hizo cargo de la hacienda. Lamentablemente un día hubo una noticia inesperada, el 13 de mayo de 2007, Enma Esther Solórzano Murrieta falleció. Por pedido de sus hijos: María de Lourdes, Graciela, Marlene, Sonia, Luis Alfredo y Carlos Enrique; Luis Rivera Zúñiga retornó a la hacienda que se convirtió en el sitio de reunión familiar. En el año 2010 el radiodifusor se percató que tenía un sarpullido, viajó a Quito donde le diagnosticaron herpes en el brazo derecho. Su hija Marlene, lo cuidó amorosamente en este proceso, por ello toda su familia la considera como “el ángel de la guarda de Papá Lucho”.
Su nieto Paúl Andrade escribió en 2014 el libro “Mi abuelo, cosa seria”, en homenaje a la trayectoria del radiodifusor lojano. En esas conversaciones le pidió que en estos escritos ponga que “no se olviden de decir que soy uno de los pocos que ha vivido en dos siglos distintos”.
Ya en sus últimos años, aseguraba que: “Lo malo de la vejez es que es cruel, pues mi mente dice una cosa, pero mi cuerpo no la obedece”. Este gran hombre de la radio falleció el 12 enero del 2017. Su familia pudo celebrar con él sus 100 años de vida.
Loja, El Dorado y Guayaquil
Estudió en la escuela Luis Riofrío, ubicada en San Sebastián, al norte de Loja, que en ese tiempo era muy pequeña y el sur llegaba hasta la calle Imbabura. A este plantel visitó con varios familiares en 2010. Su niñez fue tranquila, en la ciudad todos se conocían. Le gustaba ir al cine con su amigo el “Negro Jorge”, para ver las películas de chullitas y bandidos, así como las producciones del cine mudo, que estaban en boga en aquellos años. Casi siempre iban a galería, que era la parte alta del cine y se pagaba menos.
Un día de repente todo cambió, cuando su padre vendió la propiedad que tenía en Rumizhitana y se trasladó con su familia al Oriente, la tierra de las oportunidades, pues ahí estaba “El Dorado”. La situación no fue como esperaban, nada salió bien, perdieron todo y regresaron a Loja. Siguieron adelante con las penurias propias de la vida en adversidad, porque ya no tenían la finca y les tocó empezar de cero.
Terminó la secundaria en el Colegio Bernardo Valdivieso, fue compañero de Alejandro Carrión, conocido periodista y articulista en varios medios impresos, bajo el seudónimo de Juan Sin Cielo. “Era un estudiante revoltoso y socialista. Él estaba en quinto año, cuando yo ingresé a primero”.
Luego viajó a Guayaquil donde estudió en la Escuela de Artes y Oficios de la Sociedad Filantrópica del Guayas, conocida como la universidad del pueblo, donde obtuvo el título de profesor de radio y telegrafía. Le dieron una medalla por haber sido un excelente estudiante.
Galápagos, La Baronesa, la telegrafía
Su dedicación al trabajo y a las telecomunicaciones hizo que mucha gente valorará su talento, por ello logró tener su primer empleo en las Islas Galápagos, lo contrató el empresario Lorenzo Tous, dueño de una parte de la hacienda El Progreso, la más grande del Archipiélago. Lo recomendó su profesor Washington Castillo, quien instaló un transmisor de telegrafía en las islas.
En 1934 los viajes desde el Puerto Principal hasta San Cristóbal duraban ocho días y se utilizaba unos barcos pequeños que se movían de un lado a otro, como los de papel. “Yo desbaraté los receptores íntegramente y los volví a armar, aplicando justamente los conocimientos que había adquirido en La Filantrópica y funcionaron inmediatamente”. Después de esta experiencia laboral, Luis quería regresar al Puerto Principal, pero le respondieron que lo haría en seis meses, fue una noticia que le afectó, se puso a llorar en el muelle.
Los días pasaron y se fue adaptando al lugar, se quedó un año. Al partir sintió mucha nostalgia. En las islas había muchos galápagos (tortugas), ganado salvaje, caballos… Se comunicaba cada seis meses con su mamá, a través de cartas. También mandaba a su familia pescado y langostas disecadas.
En 1920 la población no llegaba a las 500 personas, por eso el Gobierno de ese entonces, liderado por Alfredo Baquerizo Moreno, motivaba a los ciudadanos de otras nacionalidades a poblar la región insular del Ecuador. Hubo personajes que fueron parte de las islas como: Friedrich Ritter, con su pareja Dore Strauch, después llegaron Heinz y Margret Wittmer, era una señora “guapa y gorda”, Luis la conoció.
Pero de quien más se hablaba cuando Luis estaba en ese lugar es de Eloise Wehrborn de Wagner-Bosquet, una noble austriaca de hábitos extraños, que llegó a la Isla Floreana, con dos acompañantes para construir un hotel al que pensaba llamar “Paraíso”, aunque el proyecto jamás se concretó, la austriaca que se hacía llamar “La Baronesa”, fue conocida por sembrar insidia entre los habitantes de la isla, por su singular belleza y por sus exóticas costumbres, como la de zambullirse en el mar desnuda y emerger en la playa como una Afrodita entre la espuma, llevando por atuendo solo un enorme anillo con un zafiro y una pistola atada al muslo con una cinta de satén rojo. Nunca la conocí personalmente, pero supe de ella, a través de los pescadores que eran mis amigos. Todos en las Galápagos hablaban de ella. Decían que había llegado con tres hombres a ponerse un hotel y que ellos se peleaban por conquistarla, ya que era muy hermosa. Uno de ellos de apellido Lorenz, se escapó de La Baronesa y lo encontraron muerto en una isla que no recuerdo el nombre. Había muerto de hambre y sed. Después también desapareció La Baronesa con otro de sus amantes y nunca se supo si había muerto o no, pero lo cierto es que jamás se volvió a saber de ella”.
Era la época cuando las cartas eran fundamentales, para comunicarse a larga distancia, el joven técnico lojano dejó las bases de la comunicación entre la región insular y el continente, a través del telégrafo. “Las nociones de distancia se acortaron fue algo revolucionario, que podría tener un símil contemporáneo con la aparición del internet”.
Guayaquil, Esmeraldas y Guayaquil
El Ecuador gobernaba Federico Páez, cuando regresó a Guayaquil en 1934, por contactos de su mamá en ese régimen, a Luis Rivera Zuñiga le otorgaron el puesto de radioperador, en la oficina de telégrafos, adscrita al Ministerio de Obras Públicas. En 1936 le enviaron en comisión de servicios a Esmeraldas, a la estación de Muisne, pero como no había nada en el lugar, se quedó en la capital de la provincia. Ahí arreglaba radios viejos y otros equipos, para la población eso era una novedad. La ciudad la formaban solo dos calles: La Sucre y la Bolívar. “Era un solo lodazal, la gente tenía que sacarse los zapatos para llegar a la estación de radio, que tenía una antena enorme, como de unos cincuenta metros. En total éramos cuatro empleados, tres técnicos y el jefe, luego de un tiempo me ascendieron a jefe”.
En esos años el barrio Las Palmas, que está cerca del mar, ya era movido, porque había bailes, comida y la gente salía a pasearse. Lamentablemente, recordaba Luis, todo eso acabó con el terremoto de Esmeraldas en 1958, que se sintió hasta Colombia. “Aunque yo ya estaba en Guayaquil, pero se decía que fue una erupción submarina que causó el tsunami y el terremoto”.
La radio era fundamental en aquellos años, ya que había la onda larga y la onda corta. Se oía emisoras de todo el mundo, con voces moduladas, con dicción y en varios idiomas. Además de la utilización de la telegrafía que permitía mantener una comunicación directa entre las principales ciudades del país. “Generalmente eran avisos oficiales, del Banco Central, Contraloría y todas las dependencias de la administración pública”.
El viaje de Esmeraldas a Guayaquil duraba dos días y se lo hacía a través de unos barcos pequeños, uno de ellos era el Plus Ultra. En esta ciudad “fui radio operador, subjefe de oficina, jefe y jefe de distrito para todo el Litoral, entonces hubo la guerra con el Perú”. Viajó a la provincia de El Oro para ver qué pasaba en la estación de radio, porque ya no funcionaba y estaba en poder de los peruanos. Los enfrentamientos habían cesado y debía recibir las estaciones de telefonía de Machala, Jambelí y Puerto Bolívar. “Luego vino el Protocolo de Río de Janeiro, la gente no estaba de acuerdo con la firma, pues había un gran fervor cívico. Los otros países no se interesaban por el conflicto bélico entre los dos países vecinos sudamericanos, porque la atención estaba centrada en la II Guerra Mundial”.
Enma Esther Solórzano Murrieta
A inicios de los años 40, Luis conoció a quien sería su esposa, Enma Esther Solórzano Murrieta. Su hermano Eudoro se había casado con Graciela Moreno Murrieta, hermana de la joven, que le impactó por su dulzura y sus ganas por salir adelante. Fue candidata a Señorita Guayaquil, diario El Universo realizó una publicación el 11 de agosto de 1939, donde resaltó los talentos físicos e intelectuales de la candidata, era una de las favoritas.
Luis la conquistó con “los serenos” que se ofrecía en esa época. Con dos guitarras, un cantante y una buena canción en la madrugada se lograba una sonrisa. Enma era dueña de un salón de belleza y el joven técnico le arreglaba los aparatos eléctricos. Se enamoraron y se casaron por civil y eclesiástico en ceremonias sencillas, pero llenas de cariño y amor, era 1943. En 1993 cumplieron 50 años, ahí renovaron sus votos por todo lo alto. “Mi mujer estaba feliz. Yo era el hombre más dichoso de la tierra”.
Por el trabajo de Luis, su esposa lo acompañó a los sitios más alejados del país, a pesar de que ella era una mujer muy bien cuidada y elegante. Recién casados viajaron a Zaruma, primero se llegaba a Piñas en mula y de ahí se cogía el tren. Los trasbordos eran continuos. “Nos tocó dormir en un hotel donde había chinches”.
En 1944 y 1945, respectivamente nacieron en Guayaquil sus hijas, Enma Graciela y Marlene Hortensia. Cuando viajaron a Quito nacieron Luis Alfredo en 1947, Sonia Leonor en 1948, María de Lourdes en 1954 y Carlos Enrique en 1952.
En la capital el ambiente era distinto a la Perla del Pacífico, pero Enma poco a poco se fue adaptando. Tal es así que después de algunos años, como a los esposos les gustaba la música, formaron parte del grupo autodenominado “La sociedad de los muertos de hambre”, eran como 15, doña Enma cantaba y los demás tocaban los instrumentos. Ahí estaban: Corcino Durán, director del Conservatorio Nacional de Música; Sergio Durán que era suegro de Larry Salgado, director de la orquesta Salgado Jr.; Bolívar Ortiz, conocido como el “Pollo Ortiz”.
Su esposa siempre le apoyo en todos sus sueños, pero también contribuía económicamente en el hogar. “Cuando vivían en el barrio La Magdalena, al sur de Quito, montó un horno de tejas y ladrillos aprovechando la calidad del barro de la zona y la abundancia de leña de los extensos bosques de eucalipto. Años después en la Recoleta abrió el Salón de Belleza Argentina, que lo mantuvo mucho tiempo, hasta que lo vendió para costear el viaje de su esposo a Brasil a un encuentro internacional de radiodifusores”, destaca su nieto Paúl Andrade, autor del libro “Mi abuelo, cosa seria”.
Cuando se instalaron en La Recoleta hubo un hecho que marcó a la familia. Sonia, hija de Luis y Enma, recuerda que tenían una cocina de gasolina y la empleada, Rosa, había puesto mucho combustible al tanque y al encender se inflamó y explotó. Su mamá y su hermano Lucho resultaron afectados. Luis padre se enteró de esta noticia, porque la esposa de su amigo Lucho Calderón le informó sobre el incendio. Enma se había quemado las manos y la cara. “Recuerdo a mi papá llorar desconsoladamente”.
Inspector General de Inalámbricos en Quito
En 1947 se trasladó a Quito y fue nombrado Inspector General de Inalámbricos, para todo el país, en la empresa que luego sería IETEL, Andinatel y actualmente CNT. “Cuando fue IETEL, yo fui subdirector de Radio y Televisión”, trabajó muy cerca del arquitecto Sixto Durán Ballén, cuando fue ministro de Obras Públicas, en el gobierno de Camilo Ponce Enríquez, entre 1956-1960. “En el país operaba la Compañía All America Cable and Radio, que luego nacionalizaron”.
Esta etapa es muy recordada por varios radiodifusores del país como Héctor Aníbal Cueva, recientemente fallecido, dueño de la Radio La Voz del Valle, de Machachi y Holger Velasteguí, propietario de Estéreo Zaracay, quienes resaltan el apoyo que recibieron de este gran profesional de la radio, cuando ejercía esas funciones.
En 1955 pasó a laborar en comisión de servicios al Banco Nacional de Fomento (BNF). Cuando se jubiló seis años más tarde ingresó como radiotécnico de la embajada de los Estados Unidos en Quito, conservando su trabajo en la Casa de la Cultura y Banco Nacional de Fomento. “Renuncié a ser Inspector General de Inalámbricos para acogerme a la jubilación para los radio técnicos que había aprobado el Congreso Nacional para los trabajadores de las telecomunicaciones”.
Sus hijos destacan que Luis Rivera Zuñiga siempre tuvo varios trabajos a la vez, que lo llevaban a laborar hasta 15 horas diarias. En su casa siempre había una habitación para su taller, donde las noches y fines de semana construía equipos para otras estaciones de radio y reparaba equipos de sonido.
La Emisora Central, Lucho Calderón, el radioteatro y Eduardo Guerrero Mórtola
En 1947 Luis Rivera Zúñiga con su gran amigo, Lucho Calderón, cumplieron el sueño de crear una emisora, funcionaba en uno de los pisos del edificio del Banco Nacional de Fomento, en las avenidas 10 de Agosto y Antonio Ante, en el centro norte de Quito. De lejos se observaba un letrero enorme que decía: Emisora Central. “Teníamos auditorio y proscenio”. Allí cantaron los más famosos de la época: Carlota Jaramillo, Benítez Valencia, Carmencita Páez, Huberto Santacruz, Los Hermanos Miño Naranjo, entre otros. Pasábamos música nacional, instrumental y bailable. “Un programa que gustaba mucho a los oyentes era “La Hora del Té” que yo dirigía. También se formaron muchos locutores a los que yo enseñaba a pronunciar bien, como buen lojano que soy”. Asegura que el crecimiento en la radiodifusión fue paralela al crecimiento de su familia.
A mediados de la década de los 50 compró la totalidad de las acciones y trasladó los equipos e instalaron la radio en su la casa de La Recoleta. Este inmueble lo adquirió con un préstamo en la Caja de Pensiones y en la terraza construyó el estudio de transmisión. “Por los estudios de la radio pasaron personajes de la talla de Fernando Fegan, Erika Von Lippke, Jorge Escobar, Álvaro San Félix, entre otros. Los radioteatros se hacían en vivo, el fondo musical se tocaba en un piano de media cola. Y para los efectos especiales se valían de toda suerte de instrumentos rudimentarios como hojas de zinc para simular tormentas, hojas de papel celofán para incendios, serruchos para los vientos o cosos huecos para el trote de los caballos”.
Pero no todo fue color de rosa, también hubo persecución. “Era 1963 cuando estaba la Junta Militar de Gobierno, presidida por el contralmirante, Ramón Castro Jijón. Eduardo Guerrero Mórtola dirigía el programa “Haciendo País”, que censuraba al Gobierno dictatorial de la época. Las pesquisas allanaron la radio y capturaron al comunicador, que se escapaba por los tejados. Luego yo acudí a mis influencias en el Gobierno para que lo dejaran en libertad”.
Emisora Central y las radionovelas
Esta estación se caracterizó por ser la primera en emitir las radionovelas en Quito. “Nosotros incursionamos en Emisora Central con esta programación, donde también estaba Hólger Velasteguí”, indica el técnico y sonidista, Pepe Borja Bedoya. En las décadas de los 50, 60 y 70 se promocionaba las novelas en los periódicos de la siguiente manera:
La Novela Reuter presenta: “La muerte blanca” de Juan José de Soiza Reilly. Era una novela escrita con dolor… Ni las guerras ni las enfermedades, ni los bichos han hecho a la raza humana un daño parecido al que sufren los adoradores ciegos de la muerte blanca. Mal de este siglo que con sus víctimas llena los manicomios y los cementerios”, era el avance.
Productor: Luis Cornejo Gaete, director narrador: Eduardo Granja Estrella. Transmite en 1.180 Kc. Su Emisora Central. El elenco artístico estaba conformado por la primera actriz, Teresa Rodríguez; el primer actor español, Antonio Ceballos Acosta; Lucy del Mar, Pilar Monroe, Walter Gallardo, Alfonso Boada, Boris Gorky, Max Ordóñez, José Palacios, Raúl Ibarra, Alfredo Palacios y el conjunto de radioteatro de Emisora Central. Sonomontaje Pepe Borja Bedoya. La obra se desarrolla en Buenos Aires, decía el anuncio que se publicaba en diario El Comercio en la década de los 50.
Auspiciaba Reuter, un jabón de fama mundial, con la substancia química KL-15, el más moderno y eficaz vehículo contra el mal olor del sudor. Distribuye en Quito Richard O. Custer. Dirección Benalcázar 659 (Frente al correo). Teléfono 13482.
Las telenovelas tenían grandes anunciantes con las marcas comerciales de moda como: Telefunken y Pfaff, que presentaban para su máximo entretenimiento “La mejor novela radiada en Quito hasta hoy, El signo de los cuatro. Original del escritor inglés Si Artur Conon Doyls de la famosa serie “Las aventuras de Sherlock Holmes”.
Esta serie era protagonizada por la primera actriz María Soledad y el primer actor Walter Franco. Actuación especial de Jorge Palacios, Washington Rodríguez y un elenco de primera. Sonomontaje Pepe Borja Bedoya. Adaptación radiofónica Alonso Breton. Dirección y narración: Eduardo Granja Estrella. Programas escogidos de calidad y sintonía que se emiten por la Organización Radiofónica Emisora Central.
Telefunken era lo supremo del mundo en radios y Pfaff era lo supremo del mundo en máquinas de coser. Los nuevos almacenes en Quito estaban ubicados en el edificio La Concepción, calle Chile frente al Ministerio de Obras Públicas.
El narrador Eduardo Granja Estrella a fines de la década de los 60 e inicios de 70 compró Radio Ecuatoriana. El sonidista Pepe Borja realizaba las transmisiones deportivas desde el Estadio Olímpico Atahualpa. Lo hacía junto al ingeniero Luis Rivera Zuñiga, quien le tuvo una gran confianza. En esta estación trabajó dos años.
Pepe Borja Bedoya, la Emisora Central y Holger Velasteguí
Era 1958, Pepe Borja Bedoya se desempeñaba como sonidista. En una ocasión apareció un jovencito, “igual que yo”, que ingresó a la Emisora Central ubicada en La Recoleta. Se trataba de Holger Velasteguí, quien después fue el gerente propietario de Estéreo Zaracay”. Se presentó y dijo que quería trabajar. Pepe le contestó “como no, señor estamos necesitando ahorita locutores”. Le pidió que ingrese y le presentó al radiodifusor lojano, quien lo recibió con amabilidad.
Fueron compañeros varios meses. “Los dos compartíamos un bocadito en el almuerzo o en la merienda. Él se iba a descansar en una pensión cercana. Teníamos una pobreza bastante grande, pero con el tiempo salimos”. Fue una amistad muy bonita. “Yo le llevé a trabajar a la radio, como locutor. Pasó el tiempo y nos distanciamos laboralmente, él empezó a trabajar en Zaracay, y yo en otras estaciones de la capital”.
“Holger es un hombre muy capaz y respetuoso. Yo quiero llamarle por teléfono y hablar con él y decirle soy Pepe Borja, tu sonidista de la Emisora Central, que te presenté al ingeniero Luis Rivera Zúñiga y gracias a él pudimos ser buenos amigos y salir adelante”.
Luis Rivera Zúñiga, Holger Velasteguí y la tierra de oportunidades
Holger Velasteguí cuenta que, en 1959, luego de estar en la Facultad de Medicina en Quito, el dueño de la Emisora Central y ministro de Obras Públicas, encargado, Luis Rivera Zuñiga, le dijo: “oye te cuento una cosa, esta es una oportunidad que se te presenta: se va a crear una ciudad en la montaña, en la selva… Por ese sitio van a pasar las cuatro carreteras más importantes del Ecuador”. Una hacía Guayaquil, otra hacia Quito. La tercera a Esmeraldas y la cuarta a Chone. De manera que ahí está el futuro y el porvenir. “Aquí tienes que estudiar algunos años para graduarte de médico, en cambio en Santo Domingo vas a encontrar una oportunidad. Te aconsejo que vayas allá”.
Luis Rivera Zuñiga le pasó la idea a Holger y le ofreció instalar una radio en Santo Domingo de los Colorados, con la finalidad de ser socios y ganar por igual. Su argumento se basaba en que se estaban abriendo las vías de comunicación y eso era una oportunidad. “Deja la medicina y vámonos a Santo Domingo. Yo pongo la radio, el equipo y tú vas a dirigirla”.
Le dio un mes de plazo para tomar la decisión. Holger viajó por la vía Chiriboga, que era sumamente angosta y pasaba solo un carro, era la única que conectaba a Quito con la tierra Tsáchila, el trayecto era complicado. Llegó y observó una vegetación tupida, la lluvia era constante. Regresó a la capital, para comentarle sobre esta experiencia, pero el ingeniero ya no se interesó en este tema. Holger ya había dejado la universidad y no podía dar marcha atrás. “Yo me concentré bastante y me vino una fuerza interna extraordinaria que, sin tener dinero, me dije yo voy a poner la radio”, indica el propietario de Estéreo Zaracay.
Su compañero de colegio, Carlos Amacha, le hizo un préstamo de 50 sucres. Hólger se puso su mejor terno y llegó a Santo Domingo para conversar con los lugareños. En el trayecto vio que todo era verde y montañoso. Ya estaba llegando la maquinaria de las empresas Granda Centeno, Guarderas, Conaca y Simar que iban a construir las nuevas vías.
Llegó a ese lugar estratégico con el único fin de poner su emisora, a pesar de que no había nada. “Ni de dónde agarrarse para el financiamiento”. Con toda la adversidad que hubo en ese momento “se abrió la oportunidad para mí y para todos los ecuatorianos que viajaron al Crisol de la Nacionalidad Ecuatoriana, que es este lugar”, repite.
Arrendó un transmisor de 10 watios al señor Modesto Jarrín Barba, dueño de radio Los Lagos de Otavalo, provincia de Imbabura. “Fue instalada por su hijo mayor, el fallecido locutor Raúl Jarrín Hidalgo”. El 30 de septiembre de 1959 salió al aire, en la inauguración se presentaron varios grupos de la provincia de Imbabura, entre ellos Rumba Habana de Cotacachi. También cantó Edmundo Grijalva Valencia, conocido como el Gallo Giro, acompañado de un mariachi de la capital.
Luis Rivera Zúñiga y la competencia con Radio Musical
En la capital ecuatoriana se creó el Núcleo Radion y se proyectó un trabajo diferente. Hasta esa fecha se ponía las cartucheras que contenían la publicidad, ingresaba y salía la voz. Mientras que en Radio Musical se aplastaba un botón y salía el anunció, era una innovación del propietario de la estación el joven estadounidense, David Gleason, que llegó al Ecuador por intercambio estudiantil, comenta el fallecido periodista, locutor y director de radioteatro, Gustavo Cevallos Velásquez.
El ingeniero Rivera, que en ese tiempo laboraba en la embajada americana, no se quedó atrás. Se trajo un rodillo de grabación muy pesado, que tenía una perilla para marcar y en cada línea se ponía la publicidad. “Nosotros estábamos locutando y poníamos en la letra G y salía la publicidad”, es decir la Emisora Central competía técnicamente con la tecnología que poseía el Núcleo Radión, insiste.
Radio Musical sacaba en la prensa los 57 de la semana, las canciones más famosas de los siete días. Mientras que en Emisora Central los locutores buscaban los discos para la programación y estar a la altura de los oyentes que solicitaban esos temas. Ahí estaba Germán Carvajal y Jorge Suárez Ibarra. “Este sí tenemos, este no y tratábamos en algo de competir, pero la revolución radiofónica de ese tiempo se llamó Núcleo Radión, pero la estación de La Recoleta no se quedó atrás, “de hecho, la mayoría de los locutores de la Emisora Central fuimos a las estaciones de David Gleason y Marilou Parra”, destaca Gustavo Cevallos.
Gustavo Cevallos, Emisora Central y grabaciones audiovox
Gustavo Cevallos entabló amistad con Germán Carvajal, una de las voces más recordadas de HCJB, en un curso en Radio Atahualpa, que brindaba Gonzalo Maldonado Quijano. Era un locutor profesional, en la mañana laboraba en “La Voz de los Andes” y en la tarde conducía el programa “Ídolos de la juventud”, en Emisora Central, que competía con los 57 de la semana de Radio Musical.
En la casa donde funcionaba la estación, el primero y segundo piso era la vivienda de la familia del propietario. Mientras que en el tercero estaban las oficinas muy bien equipadas. Tenía dos estudios de producción y un escenario (fonoplatea). El identificativo era “Emisora Central y grabaciones audiovox”, porque era la única estación que tenía un equipo donde se prensaba discos en acetato de publicidad.
Gustavo recuerda que, en una noche de bohemia decidió salir el personal de planta seguir festejando. Le pidieron al joven aprendiz, quien ya sabía manejar los equipos, que se quede en la cabina. “Solamente tienes que decir la hora y nada más, eso tienes que hacer porque este programa tiene un auspiciante”, le dijeron.
Era todavía adolescente y le gustó la idea, total ya trabajaba con los locutores y conocía lo que tenía que hacer. “Les ayudaba a pasar discos, contestaba las llamadas y les compraba los tabacos”. Cuando ya llegó el momento de dar la hora lo hizo muy bien, su timbre cautivó.
De pronto ingresó el propietario, quien le preguntó ¿Quién eres tú y qué haces aquí? “Me llamo Gustavo Cevallos”, le contestó, al tiempo que le indicó que sus compañeros se fueron y le pidieron que dé la hora, mientras llegaban.
Luis Rivera Zúñiga le insistió: “muy bien, mañana quiero hablar contigo”. Al día siguiente le recibió en su oficina, en la conversación le indicó que su voz había estado bien, pero “les jaló las orejas a los responsables del espacio, que abandonaron su lugar de trabajo”. Desde ese momento empezó a laborar los fines de semana. El dueño de la radio era un hombre de buen corazón, entendía a los locutores y se llevaba muy bien con ellos. Ahí fueron sus compañeros: Germán Carvajal, Jorge Suárez Ibarra, Pico Flores, Mario Moya, Jorge Paucar, Eduardo Rodríguez, Álvaro San Félix, entre otros.
En Emisora Central, estaba Víctor Hugo Cisneros, Agustín Guevara Morillo, la voz de Marlboro en Ecuador, fue su compañero en el Colegio Gonzaga y lo llevó a la estación quiteña, luego lo invitó al Puerto Principal donde hizo su vida profesional. Se caracterizaba por tener dicción, modulación y una lectura clara. “Uno de los locutores estrella de la estación era el presentador de televisión, Iván Granda Pinto, quien era la voz exclusiva de la Emisora Central”, reitera Gustavo.
Algo sucedió y de repente le arrendaron la radio a Luz María Cabrera, mamá de Eduardo Loza Cabrera, que trabajaba en Radio Metropolitana. Luego los locutores tuvieron la propuesta para adquirir el medio, entre los empleados había mucha alegría. En las negociaciones les ayudaron Lucho y Carlos, hijos del propietario, quienes eran grandes amigos. A pesar de todos los esfuerzos no se concretó la transacción.
“Resulta que de la noche a la mañana apareció Carlos Efraín Machado le ofreció más dinero y nació la Nueva Emisora Central”, comenta el director de radioteatro quiteño, quien destaca que en este medio se dieron sus primeros pininos en la radio e inicia una carrera larga en la comunicación. Gustavo permaneció poco tiempo, pero conserva una foto de su paso por los estudios de esta estación.
Agustín Guevara Morillo y la campaña de José María Velasco Ibarra
Luis Rivera Zúñiga siempre fue Velasquista. “Desde que asumió la presidencia en 1934 hasta que murió en 1979, el Dr. José María Velasco Ibarra fue una figura predominante en la República, la gente lo quería. Fíjese lo que ocurrió después de La Gloriosa de mayo de 1944, la gente fue a traerlo de Pasto y lo recibieron poniéndole pañuelos en el suelo”,enfatizó Luis Rivera Zúñiga.
El cinco veces presidente del Ecuador era asiduo visitante de la radio, ahí grababa sus discursos y la propaganda electoral. “Yo prestaba los equipos de sonido para las concentraciones y perifoneaba en las campañas. Me acuerdo, que una vez fuimos con mi hijo Lucho por un cerro del Pichincha y los contrarios nos botaron lodo en el carro”.
El académico Agustín Guevara Morillo, recuerda que en 1965 cuando ingresó a esta estación tenía 14 años, hizo amistad con Lucho, el hijo de Luis Rivera Zúñiga. En la radio participó en muchos eventos importantes, tal es así que fue considerado como el locutor principal y maestro de ceremonias. En 1968 presentó la candidatura a la quinta presidencia del Dr. José María Velasco Ibarra, desde la Plaza de San Francisco, en el centro de Quito, que estaba completamente llena. En esta contienda electoral se impuso a los otros aspirantes: Andrés F. Córdova y Camilo Ponce Enríquez. Su binomio a la vicepresidencia, Víctor Hugo Sicouret Pazmiño, no ganó, por lo que ocupó la Segunda Magistratura, Jorge Zavala Egas, era de centro izquierda y estaba en la lista con Andrés F. Córdova. La Emisora Central con sonido audiovox transmitió el evento, recuerda el periodista riobambeño que estuvo tres años en la estación.
A Emisora Central se le hizo una radio moderna. “Yo me vine a Guayaquil y la vendieron, pudieron venderme a mí, porque tenía una muy buena amistad con el Ingeniero, pero no fue así, mi destino estaba en el Puerto Principal”. Luis Rivera Zúñiga era una persona enamorada de la radio y las telecomunicaciones, un experto muy valorado a escala nacional, pero sobre todo buena persona”, reitera Agustín Guevara Morillo.
Iván Granda Pinto, la voz principal de la Emisora Central
El presentador y periodista, Iván Granda Pinto, califica a la Emisora Central como una de las mejores estaciones de radio del Ecuador. “Hablar de esa época es para mí, retroceder en el tiempo unos 50 años, porque marcó el inicio de mi trayectoria. Fue a finales de la década de los 60 e inicios de los 70. Una vez concluidos los estudios secundarios, el gran educador Dr. Raúl López Días, me recomendó. Me recibió el señor Carlos Federico Benavides, a quien el ingeniero Luis Rivera Zuñiga había encargado la gerencia de la estación”.
El joven se inició en las tardes haciendo un programa de complacencias denominado “El Teléfono Musical”. Amplió su campo de acción locutando comerciales, leyendo noticias de los periódicos y participando en la animación de los programas en vivo. Los viernes en la noche era muy escuchado el programa “Canta su Barrio”. Un espacio para aficionados a la música y al canto, animado por el versátil locutor Eduardo Rodríguez Vivas y auspiciado por casas comerciales, la mayoría ubicadas en el centro de Quito.
Ahí empezó a entender el mundo febril de la radio que es parte activa de la vida cotidiana. También entendió la importancia de relacionarse con los dueños o gerentes de los comercios e industrias, que requieren de publicidad para ampliar sus ventas. En ese entonces las agencias internacionales de publicidad comenzaban a competir con las pocas nacionales que había.
Participó en el radiodrama “la Maldición de Cahuala”, adaptado a la radio por el distinguido escritor y periodista ambateño, Juan Felton Martínez. En aquel tiempo laboraban como locutores verdaderos maestros del micrófono: Eduardo Rodríguez Vivas, Alfredo Rodríguez Coll, Gerardo Múñoz y Ron y Juan Feltón Martínez. Los operadores eran Edmundo Granda y René Adrián. Este equipo siempre tuvo el respaldo del dueño de la estación.
Asegura que Luis Rivera Zuñiga, quien laboraba en la embajada americana, era un hombre excepcional por su profesionalismo y su don de gentes. “La estación, como muchos recuerdan estaba ubicada en el sector de la Recoleta, centro sur de Quito, frente al Ministerio de Defensa. La señal se emitía desde el piso superior de la casa de la familia Rivera, de quienes me queda un recuerdo lleno de gratitud, tanto con su esposa, sus tres hijas y sus dos hijos, de quienes debo destacar su calidad humana y sus especiales deferencias conmigo, cuando estuve en la estación durante dos años”.
“La Emisora Central es para mí, el sitio en el que aprendí y experimenté la exquisita realización de comunicarme con el público, a través de las ondas hercianas”.
Radio Publicidad Pichincha y Gerardo Muñoz y Ron
Iván Granda Pinto cuenta que a fines de la década de los 60, Emisora Central gozaba de inmensa sintonía. Transmitía programas musicales, informativos y de variedades en vivo. Uno de estos lo conducía Gerardo Muñoz y Ron, un hombre de edad madura, pero muy dinámico y versátil como locutor. Tenía buena voz, un tanto ronca, pero dinámica, muy característica de los locutores con experiencia; es decir, un comunicador del bien decir. Este espacio de variedades y notas curiosas lo auspiciaban casas comerciales que conseguía Radio Publicidad Pichincha, cuyo dueño y publicista era, precisamente, Gerardo Muñoz y Ron. Su programa se transmitía de lunes a viernes de 12:00 a 13:00.
“Este locutor, a más de su calidad profesional, se distinguía por su trato fino y elegante con quienes trabajábamos con él. Algo que a manera de broma le decía Eduardo Rodríguez Vivas era Gerardo Muñoz y Paico, porque en aquella época, Paico era un licor muy conocido, especialmente en las fiestas de Quito”.
Los recuerdos de Víctor Estrella, locutor y periodista venezolano
“Mis padres son ecuatorianos, pero yo nací en Venezuela, mis inicios en la radio se dieron en la capital ecuatoriana”, indica el periodista y locutor venezolano, Víctor Estrella. Hablar de Emisora Central es hablar de dos etapas, la primera cuando era dueño el ingeniero Luis Rivera Zúñiga y estaba ubicada en La Recoleta, muy cerca del Colegio Nacional Amazonas. “Era 1971. Yo era muy joven, no había incursionado en la radio, pero cuando pasaba por el sector del Ministerio de Defensa siempre leía un letrero inmenso, que decía Emisora Central”.
Era la época cuando la gente acudía a las estaciones y pedían las canciones que deseaban escuchar con los intérpretes de moda. Los oyentes eran parte esencial de los programas en vivo y veían como se realizaban los programas. Uno de los que más sintonía tenía era “sábados continuados”. Se emitía buena música de 09:00 a 11:00. Otro era “Música de Sudamérica, durante una hora ponían temas de los países del Cono Sur. Posteriormente en 1972 el radiodifusor lojano alquila la frecuencia a la familia Loza Cabrera, a Eduardo y a su madre, María Cabrera, que era dueña del Aquarium Lumar, ubicado en La Plaza del Teatro. Trasladaron todos los equipos a la calle Manabí, junto a Radio Metropolitana.
En 1974, Luis Rivera Zúñiga decide ofertar la emisora y ahí aparece Carlos Efraín Machado, que en ese momento trabajaba en Radio Tarqui, donde tenía su programa “Mundo Deportivo”. Compra los derechos de la estación y nace la Nueva Emisora Central. Encadenó a las dos emisoras con la misma programación.
El 31 de diciembre de ese año decide separarse de Radiodifusora Tarqui, de propiedad del profesor Gustavo Herdoiza León y direccionarse exclusivamente a su medio de comunicación, con espacios netamente deportivos de 06H00 a 22H00. Esto fue un hito en Ecuador porque era la única radio cuya programación era eminentemente deportiva. “Su tango y su gol”, información continua del deporte, “Mundo Deportivo” desde las 12:00 hasta las 15:30, en la noche “Pregón Deportivo”. Se incluía también al deporte barrial y aficionado. Luego se trasladaron a Santa Prisca al edificio Recalde”.
“Cuando yo regresé a Venezuela en 1977 era una pelea por la sintonía cuerpo a cuerpo entre Carlos Efraín Machado y Carlos Rodíguez Coll, con “Goles y Recuerdos”. Esos programas eran los más sintonizados en la radio ecuatoriana.
Pero sobre Emisora central hay que destacar el trabajo y mística del ingeniero Rivera, quien inició, mantuvo y posicionó el nombre de una estación que está todavía en la mente de los quiteños y ecuatorianos. “Era un hombre de buena estatura, fuerte, usaba lentes, muy jovial, muy risueño, trataba muy bien a la gente. Recuerdo que tenían una camioneta color gris que decía Emisora Central, era una publicidad rodante y perifoneaban” reitera el periodista llanero.
De Emisora Central a la Nueva Emisora Central
En el libro “Mi abuelo, cosa seria”, escrito por su nieto Paúl Andrade, destaca que a inicios de la década de los 70, el momento menos pensado decidió vender la Emisora a Carlos Efraín Machado. “Le vendí con todos los implementos, terrenos para los transmisores que estaban ubicados en el Itchimbia, mil discos, instalaciones de teléfono y todo lo demás”. Una noche en su vivienda de La Recoleta le propuso la compra. Antes, ya le había puesto el precio, 200 mil sucres al contado. “Él llevó el dinero e hicimos las escrituras de la venta de la radio”, pero antes el radiodifusor le pidió que mantenga la identidad de la radio, que era su nombre. “Él me dijo que le iba a poner La Nueva Emisora Central. De ahí nunca más le volví a ver a Carlos Efraín Machado. Era un ingrato”, le comentó a su nieto con una sonrisa.
Luego compró una casa en el barrio las Palmas en la ciudad de Esmeraldas y en 1977, la hacienda Monterrey, que era pura montaña. Se hizo con un préstamo al Banco Nacional de Fomento a una tasa del 5% que era muy buena. Este sitio fue el espacio donde realizó sus sueños y su apego a la tierra.
Ahí también le acompañó Doña Enma, quien lo apoyó en sus sueños de llevar la comunicación a los sitios más remotos del país, pero, sobre todo, juntos formaron una familia unida, que siempre recuerda a “Papa Lucho”, el hombre inteligente que fue uno de los pioneros de la radiodifusión ecuatoriana.











Esta publicación periodística se realizó gracias a las entrevistas realizadas a:
- Paúl Andrade Rivera, autor del libro “Mi abuelo cosa sería”, que nos sirvió de base para este trabajo de investigación.
- Luis Alfredo, Carlos Enrique y Sonia Leonor, hijos del ingeniero Luis Rivera Zúñiga
- Jorge Suárez Ibarra
- Gustavo Cevallos Velásquez
- Holger Velasteguí
- Iván Granda Pinto
- Agustín Guevara Morillo
- Víctor Estrella
- Pepe Borja Bedoya
- Raúl Zambrano
Iliana Cervantes Lima
Voces de la Radio
